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Un día en Biarritz decidí salir a la calle con una sola limitación: fotografiar únicamente con mi NIKKOR 35 mm f/1.8.
Sin zoom, sin cambios de lente. Solo un punto de vista fijo y la necesidad de moverme, de acercarme o alejarme, de encuadrar de manera distinta.
En total hice alrededor de 300 fotos. De ellas seleccioné una serie mucho más reducida, en la que conviven dos miradas: el color y el blanco y negro.
El color transmite la energía de la ciudad, la luz atlántica (fría y suave en un principio y algo más cálida según avanzaba el día) y el bullicio de sus calles.
El blanco y negro, en cambio, me llevó a fijarme en las texturas, en los gestos y en la fuerza de la luz.
Más que un reportaje, este trabajo es un ejercicio: una forma de entrenar la mirada y descubrir cómo un mismo día puede contarse de maneras muy distintas.
Las calles del mercado de Biarritz son pura vida. Puestos de ropa y sombreros, maniquíes en escaparates improvisados, gente que va y viene.
Con el 35mm tive que meterme de lleno en la escena, sin distancia, y eso me obligó a mirar con más calma.









Después del bullicio, el mar.
La costa de Biarritz es un espectáculo: olas golpeando los acantilados, playas vistas desde lo alto, bancos frente al océano.
Aquí el blanco y negro me ayudó a centrarme en la fuerza de la naturaleza, en la relación entre el mar y la gente que lo contempla.







Más allá de las calles y el mar, me fijé en los pequeños gestos: alguien sentado en un banco, una pareja conversando, una mirada fugaz en medio de la multitud.
El 35mm, al no permitirme aislar demasiado, me obligó a integrarme en la escena y observarla tal cual.







Salir a fotografiar con una sola lente fue una lección de humildad.
El 35mm me recordó que a veces no necesitamos más que un ángulo fijo para descubrir todo lo que ocurre a nuestro alrededor.
El color y el blanco y negro no compiten: se complementan.
Son dos maneras de contar un mismo lugar, y cada una revela algo distinto.